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miércoles, 8 de mayo de 2019
martes, 2 de abril de 2019
miércoles, 23 de enero de 2019
Tributo a la lealtad del poto
El Epipremnum Aureum, más conocido como potus o poto, es una especie vegetal, una planta trepadora procedente del sudeste asiático. Un día, hace muchos años, mi madre se presentó en casa con una maceta. Era un joven y tímido espécimen de poto que se instaló discretamente junto a una ventana. Otras especies más vistosas e interactivas habitaban la casa por entonces y captaban mi atención: hamsters, gatos, perros e incluso seres humanos. Con el tiempo todos acabaron marchándose de un modo u otro, pero el poto se quedó conmigo y empecé a apreciar su compañía.
Es un amigo que sabe escuchar, sus silencios están cargados de comprensión e indulgencia. Soporta mis disertaciones, soliloquios y extravíos dialécticos sin cuestionar mis sofismas. Él conoce mis pequeñas miserias y mis grandes fracasos, ha presenciado mis episodios más patéticos pero, siempre discreto en su maceta, evita formular juicios de valor.
Mi poto es una planta ascética, un organismo austero que apenas necesita agua, luz o alimento. Tiene cierta tendencia al ayuno, la meditación y el recogimiento, un marcado desinterés por los bienes materiales y los placeres sensuales. Quizás la especie desarrolló cierto gusto por la filosofía oriental allá en sus junglas natales o, tal vez, su naturaleza asexual (se reproduce por esquejes) lo predisponen a la abstinencia sensorial.
Es un sentimental y a la vez un racionalista: sus hojas tienen forma de corazón pero sus ramas se dirigen hacia la luz. Posee cierta conciencia medioambiental: se ha demostrado que los potos depuran el aire que les rodea al capturar sustancias tóxicas como el formaldehído, el xileno y el benceno. Algo de agradecer cuando vives junto a una gran arteria urbana.
Yo no soy el Padre Mundina, a menudo se me olvida regarlo, hace muchos años que no lo abono y nunca le canto jotas (algo fundamental para el correcto desarrollo y el bienestar vegetal). Pero nada parece afectarle, aguanta todas las privaciones con gran estoicismo, sin una queja ni un reproche. Éste es un pequeño tributo a la discreta lealtad del poto, mi compañero perenne, el amigo que no me dejó plantado.
domingo, 9 de diciembre de 2018
domingo, 25 de noviembre de 2018
Se busca abuelo
Podemos empeñarnos en ser fieles pero, al final, siempre sale a relucir el mono que llevamos dentro. De hecho, la monogamia entre los mamíferos es muy infrecuente, sólo se da en el 3% de sus especies. En las sociedades de los primates, los machos dominantes forman harenes y se aparean con todas las hembras que se les ponen a tiro. Los mamíferos tienen una tendencia natural al machismo. En otras familias de animales, como las aves, el cuidado de las crías se reparte entre machos y hembras. En los mamíferos estas tareas recaen sobre todo en la madre, pues es la única que puede amamantar. Qué distintos seríamos si descendiéramos del noble pingüino, que se empareja de por vida y consagra su tiempo, en especial los machos, al cuidado de las crías.
Los primates son los mayores tramposos del reino animal, han descubierto el poder de la mentira y se sirven de ella para obtener ventajas y manipular a sus congéneres. Cuando los monos capuchinos consiguen algún alimento especialmente codiciado, los miembros del grupo comen en orden de jerarquía, los más poderosos primero. Ante el temor de quedarse sin comer, algunos prefieren no esperar su turno. Lanzan un grito de alerta para avisar del ataque de un depredador, los demás monos huyen para refugiarse y el mentiroso se come el botín.
Entre los chimpancés, nuestros antepasados más cercanos, también es habitual ocultar la verdad. Al igual que muchos sapiens practican la impostura en las redes sociales y sólo muestran los aspectos positivos de sus vidas, los chimpancés dominantes ocultan sus heridas y debilidades. Por ejemplo, aquellos que tienen los dientes desgastados, un signo de decadencia, los muestran menos y no gruñen tanto. Los sapiens hemos corregido y aumentado estas estrategias de nuestros abuelos hasta el infinito. La mentira, la manipulación de la información y la estafa no son creaciones humanas pero están omnipresentes en nuestras sociedades. La propaganda política, el marketing y la publicidad son expresiones de ello. Decir siempre la verdad es un comportamiento intolerable que sólo conduce al aislamiento. La mentira se ha convertido en un lubricante social que nos permite relacionarnos sin demasiadas fricciones.
Los chimpancés son animales shakespearianos. En ocasiones, los líderes de la manada emplean métodos despóticos para ejercer el poder mientras algunos miembros organizan conspiraciones para derrocarlos. La lucha por el poder, los conflictos y las tensiones a menudo degeneran en violencia ciega. Puestos a elegir un primate, mejor haber descendido de los bonobos, que solucionan las tensiones y los conflictos practicando sexo democrático, todos con todos.
Los chimpancés pasan parte de su tiempo jugando incluso cuando son adultos y, además, se entretienen observando jugar a otros. Los que demuestran mayor pericia en el juego son más respetados y agasajados. En otras palabras, han inventado el deporte. Además, son aficionados al onanismo y al consumo de plantas con principios psicoactivos. Han aprendido a activar sus circuitos de recompensa mediante la estimulación sexual y las drogas. No son esos simpáticos personajillos que solían aparecer disfrazados con atuendos humanos en los subproductos de la cultura pop de los ochenta sino unos abuelos bastante siniestros.
Si nuestros antepasados hubieran sido neardentales quizás nuestras sociedades serían más pacíficas y armoniosas. El Homo neardenthalensis era una especie humana que vivió en Eurasia hasta hace unos 30.000 años. Su aspecto era más rudo que el nuestro, siempre se le ha considerado una especie de primo tonto del Homo sapiens, hasta que recientemente se han descubierto algunas pruebas de su avanzada inteligencia. Los vestigios encontrados en sus antiguos asentamientos demuestran que eran seres altruistas que cuidaban de los individuos débiles o enfermos. Los neardentales se extinguieron cuando los sapiens llegaron a sus territorios, en teoría porque éstos, gracias a su inteligencia, tenían mayor capacidad de adaptación. Pero lo más probable es que los neardentales se extinguieran porque eran mejores personas, más generosas y menos violentas que los sapiens.
Quizás con otros abuelos las cosas habrían sido distintas:
jueves, 18 de octubre de 2018
Tronistas y viceversos
El espacio televisivo que nos ha dado momentos de gloria. Cantera inagotable de nuevos talentos. Hogar espiritual del cani y la choni. El teatro de los sueños periféricos.
sábado, 22 de septiembre de 2018
sábado, 8 de septiembre de 2018
Vehículos contradictorios
Un concentrado catastrófico. El compendio de todos los males de una época oscura. Un enemigo del pueblo. La causa y el resultado de todos los pecados de nuestra civilización. Me refiero a esas cajas de Pandora con ruedas: los automóviles.
¿Por qué emplear términos tan negativos?
Porque nuestra cultura ha convertido el coche en el símbolo espiritual de su fe en la libertad individual. Un concepto aterrador para algunos de nosotros. Poder desplazarte donde quieras y cuando quieras, no estar limitado por los itinerarios de la vida colectiva, resulta inquietante para los escépticos de la libertad.
Porque ha marginado a las personas en los espacios públicos. Las carreteras y las calzadas ocupan el centro de las calles, relegando al peatón a los estrechos márgenes de las aceras. El coche ocupa el corazón geométrico de la ciudad y tiene preferencia de paso, interponiendo un millar de obstáculos en el camino del marginal viandante.
Porque hemos adoptado una tecnología de transporte peligrosa antes de contar con los medios necesarios para controlarla, sacrificando en el proceso a millones de personas.
Porque el coche envilece el mundo material y también el espiritual. Envenena el cuerpo con gases y atormenta el alma con ruidos. La contaminación que produce sigue aumentando porque, a pesar del desarrollo de motores más eficientes y la tímida irrupción del coche eléctrico, en las economías emergentes la noble bicicleta está siendo sustituida por automóviles a un ritmo frenético.
Porque son enemigos de la literatura. Muchas personas se marean al intentar leer en un coche. Este mareo procede de la discrepancia de nuestros sentidos: los ojos al concentrarse en el libro indican al cerebro que nos encontramos inmóviles, mientras que el oído interno registra los movimientos del automóvil. Se trata de vehículos mentirosos que intentan engañarnos: el desconcierto sensorial resultante es procesado en el cerebro y se traduce en mareo, desorientación y náuseas. Esto no ocurre en el noble ferrocarril, más tolerante con la cultura escrita.
Porque los problemas de tráfico, aparcamiento y contaminación hacen ineludible una reducción de tamaño, pero cada año se fabrican automóviles más grandes. Las ventas de los SUV se disparan y los nuevos modelos superan en centímetros a sus predecesores en una imparable escalada, una carrera armamentística para determinar quién la tiene más grande.
Porque el coche supone una involución histórica. A los humanos nos llevó miles de años alcanzar la revolución neolítica, el momento crucial en el que superamos el primitivo nomadismo de los cazadores recolectores gracias al descubrimiento de la agricultura y la ganadería. El noble sedentarismo permitió el desarrollo imparable de la cultura humana hasta que la irrupción del automóvil comenzó a revertir el proceso. El coche nos reduce a la condición de primitivos y anacrónicos nómadas.
Yo procedo de una estirpe de grandes sedentarios. Mi bisabuelo, agricultor y carbonero, vivía en una casa en mitad del campo. Para desesperación de su mujer, este señor se negaba en redondo a abandonar el terruño. Ella le pedía que la llevara al pueblo, a las fiestas o a la romería, pero el noble sedentario rechazaba tales pretensiones. Un día, al volver de los campos de labor, mi bisabuelo divisó una pareja que huía al galope. Ella no era otra que su esposa, que abandonaba el hogar conyugal (y a sus hijos) para no volver. Preso de la ira, mi ilustre antepasado buscó su escopeta para disparar al jinete, pero el gatillo se le enganchó en los sarmientos de una vid y casi se voló la cabeza. Este hombre marcó las siguientes generaciones de la familia: algunos de nosotros hemos heredado su tendencia al sedentarismo y al fracaso sentimental.
Porque el cine, la televisión y la publicidad han convertido al automóvil en un objeto místico, un icono de la cultura moderna, un poderoso símbolo de las sociedades organizadas en torno al consumo.
Porque nos confiere la engañosa sensación de controlar nuestro destino. Cuando, en realidad, el mundo es un lugar caótico y estamos sometidos en todo momento a los caprichos de la teoría de la complejidad.
Y sobre todo porque cuando alguien adquiere su primer automóvil abandona para siempre los dominios de la inocencia y se convierte en miembro del siniestro club de los adultos. Condición necesaria para poder enfrentarse con los préstamos bancarios, los impuestos de circulación, los seguros, los atascos, las averías, los taimados mecánicos, la lucha por el aparcamiento, las multas y los conflictos entre conductores.
A pesar de todo ello y, aunque no tengo coche ni permiso de conducir, debo reconocer mi secreto e inconfesable amor por los automóviles.
Desde muy pequeño comencé a sentir fascinación por ellos. Lo primero que dibujé fueron coches. Descubrí la tercera dimensión añadiendo profundidad al contorno plano de un automóvil. Me pasaba las tardes viendo "El coche fantástico" y jugando al Scalextric en casa de un amigo. Conocía todas las marcas y los modelos de coches. A veces me sentaba ante una ventana, equipado con un cuaderno y un reloj: apuntaba todos los modelos que pasaban por delante de casa durante un tiempo establecido para elaborar gráficos y estadísticas con los resultados.
Debo confesar que en ciertos comercios y bibliotecas ojeo subrepticiamente las revistas de coches como si se tratara de pornografía, que en los últimos años he visitado varias veces el salón del automóvil de mi ciudad como quien visita un museo y me he montado en algunos de los coches expuestos con una sonrisa en los labios y la ilusión de un niño. Debo admitir también que hace unos años me compré una consola de videojuegos que he utilizado exclusivamente con simuladores de conducción. Que yo mismo he programado rudimentarios juegos de coches para entregarme a mi inconfesable vicio. Uno de los juegos que desarrollé te permite conducir durante horas por una carretera esquemática e infinita que se va generando aleatoriamente a medida que la recorres. Y por último debo reconocer que hay ciertos coches que consiguen cautivar mi imaginación, como el Nissan Cube, una pequeña joya del arte moderno, un vehículo que sólo puede trasladarme a la infancia.
miércoles, 5 de septiembre de 2018
El tormento excrementicio
«Un estómago que evacua puntual y totalmente es gemelo de una mente clara y de un alma bien pensada. Por el contrario, un estómago cargado, remolón, avaricioso, engendra malos pensamientos, avinagra el carácter, fomenta complejos y apetitos sexuales chuecos, y crea vocación de delito, una necesidad de castigar en los otros el tormento excrementicio.»
"La tía Julia y el escribidor", Mario Vargas Llosa
jueves, 23 de agosto de 2018
Mantamán y Edredonboy
Pero, finalmente, los rigores de la canícula alcanzan nuestro hemisferio y las tórridas noches de agosto elevan el mercurio por encima de los treinta grados. Ha llegado el momento. Una misteriosa figura enmascarada irrumpe en la ciudad: un sudoroso morador de las tinieblas, maestro consumado del calor y el sigilo, que recorre las calles envuelto en una manta.
Mantamán conoce bien los peligros que amenazan la seguridad de las noches estivales. El calor y el sueño hacen que la gente se confíe: algunos insensatos desafían al destino durmiendo sin calcetines, los más temerarios renuncian a las mantas e incluso al pijama de franela. Estos comportamientos imprudentes pueden tener serias consecuencias: resfriados, peligrosos enfriamientos, pulmonías y, en los casos más graves, neumonías e hipotermias. Pero no hay de qué preocuparse, podemos dormir tranquilos porque Mantamán ha llegado a la ciudad.
El poder de nuestro héroe reside en su espesa manta zamorana, tejida con lana pura de ovejas churras mutantes. Cuando sus sentidos térmicos detectan algún imprudente que duerme desprotegido, Mantamán penetra silenciosamente en su alcoba y lo arropa sin piedad con su manta abrasadora.
Si tienes que enfrentarte a enemigos tan letales como el estornudo o la carraspera, es mejor contar con algunos aliados. El joven discípulo de Mantamán, Edredonboy, acompaña a nuestro héroe en algunas rondas nocturnas, sumando el poder nórdico de su edredón al potencial calorífico de la manta.
miércoles, 1 de agosto de 2018
sábado, 21 de julio de 2018
miércoles, 18 de julio de 2018
Campeonato del sudor
Campeones del sudor,
amigos de la gota gorda,
héroes de la transpiración.
Tan húmedos y tan salados
que la gente los ignora
para no darles la mano.
Si ya sudan en invierno
imagínalos en verano
cuando España es un infierno
y el sol está cabreado.
Glándulas enloquecidas,
diaforesis y calor,
súmale la hiperhidrosis
para completar la ecuación.
Y si añadimos el miedo,
los nervios o la emoción
el grifo se queda abierto
y llega la inundación.
Cocidos en su propio caldo
la vida se pasa sudando
cocinada a fuego lento
de la sudadera al sudario.
Campeones del sudor,
amigos de la gota gorda,
héroes de la transpiración.
domingo, 8 de julio de 2018
miércoles, 27 de junio de 2018
La ley concursal
Cuando tenía siete u ocho años, en mi colegio se organizó un gran concurso de dibujo en el que debían participar todos los niños de mi curso. Durante un tiempo, los dibujos presentados serían expuestos en los pasillos del colegio, antes de que los ganadores fueran elegidos.
Entonces no lo sabía, pero estaba a punto de embarcarme en una absurda aventura, una travesía por el desierto que duraría años y no me conduciría a ninguna parte.
No recuerdo exactamente qué dibujé, me viene a la cabeza algo vagamente parecido a un ciervo, pero fue mi mejor dibujo, surgido del papel como por arte de magia sin el menor esfuerzo. Ya me veía catapultado a las cumbres de la popularidad en el colegio, en aquella comunidad infantil altamente jerarquizada, gracias al prestigio obtenido en el concurso.
El caso es que el dibujo desapareció misteriosamente. Lo busqué por todas partes pero no lo encontré, así que en el último momento tuve que presentar otro. Intenté que fuera exactamente igual, pero, para mi desolación, toda la fuerza y la armonía del primero se tornaron en torpeza y tosquedad en el segundo.
Aunque no todo estaba perdido, porque resultó que el jurado que debía elegir a los ganadores estaría compuesto por un grupo de alumnos del último curso y la diosa Fortuna me concedió que uno de los miembros fuera mi propia hermana, que estudiaba en el mismo colegio. Mi madre, consciente del afortunado giro de los acontecimientos, dio las oportunas instrucciones a mi hermana, que debía votar por mi obra y convencer al resto del jurado.
Nada podía fallar, pero el día que el jurado se reunió para revisar los dibujos, mi hermana fue incapaz de encontrar el mío entre los centenares expuestos y así terminó todo. Aunque sólo era el principio de la historia.
El mismo colegio fue testigo del segundo episodio unos años más tarde. Se había convocado un concurso de carteles con motivo de la celebración de los carnavales. Se me ocurrió dibujar una gran mano cuyos dedos eran personajes ataviados con distintos disfraces: un pirata, un mago, una princesa...
Cuando me declararon ganador pensé que el destino me había compensado por aquel disgusto de la infancia. Como premio, me entregaron unos libros de la colección "El Barco de Vapor". Yo estaba tan contento.
El día siguiente, durante la clase de ciencias sociales, el profesor comenzó a hablar de mi cartel. Qué bonito detalle, pensé yo, que quiera comentar mi victoria con todos mis compañeros, quizás incluso me aplaudan. Pero lo que hizo mi profesor de sociales, al que recuerdo con gran simpatía, fue acusarme de plagio. Según él, existía un libro de texto de los cursos inferiores cuya portada era idéntica a mi cartel. Mi reacción fue la parálisis y el estupor. Era inocente, ni siquiera conocía el libro de la discordia, pero no fui capaz de articular una palabra en mi defensa, lo cual fue interpretado por mis compañeros como la confirmación de las acusaciones y comenzaron a mofarse alegremente.
Unos años después, cuando ya estaba en el instituto, se convocó un concurso de murales para decorar la pared que nos separaba del mundo exterior. El día señalado elegí un trozo de muro y comencé a pintar un enorme "NO" en caracteres metálicos. Los demás participantes eran amantes de la cultura hip-hop que estampaban sus retorcidas firmas en la pared con espráis de pintura y me miraban atónitos, mientras sentaba las bases de mi obra con líneas rectas y circunferencias, trazados con la ayuda de tizas y cuerdas.
El jurado revelaría su fallo durante las fiestas del instituto. Esa tarde instalaron un escenario en el patio y tocaron varias bandas de rock del barrio. En mitad de una actuación, el profesor que presidía el jurado me convocó detrás del escenario para hablar conmigo. Estábamos justo detrás de la batería, por lo que le escuchaba con gran dificultad, pero logré entender que no me podían declarar ganador porque se trataba de un concurso de grafitis y yo había elaborado mi mural con brocha gorda y botes de Titanlux. Recuerdo como algo mágico que justo en ese momento al batería, en pleno trance thrash metal, se le escapó una baqueta que pasó volando a nuestro lado.
Unos días después me enteré de que había pintado mi mural justo encima de un grafiti que llevaba varios años en aquella pared y que resultó ser obra de un grafitero furibundo. Pintar encima de un grafiti suponía una gran afrenta y ahora me estaba buscando por todo el barrio. Así son las cosas...
Entonces no lo sabía, pero estaba a punto de embarcarme en una absurda aventura, una travesía por el desierto que duraría años y no me conduciría a ninguna parte.
No recuerdo exactamente qué dibujé, me viene a la cabeza algo vagamente parecido a un ciervo, pero fue mi mejor dibujo, surgido del papel como por arte de magia sin el menor esfuerzo. Ya me veía catapultado a las cumbres de la popularidad en el colegio, en aquella comunidad infantil altamente jerarquizada, gracias al prestigio obtenido en el concurso.
El caso es que el dibujo desapareció misteriosamente. Lo busqué por todas partes pero no lo encontré, así que en el último momento tuve que presentar otro. Intenté que fuera exactamente igual, pero, para mi desolación, toda la fuerza y la armonía del primero se tornaron en torpeza y tosquedad en el segundo.
Aunque no todo estaba perdido, porque resultó que el jurado que debía elegir a los ganadores estaría compuesto por un grupo de alumnos del último curso y la diosa Fortuna me concedió que uno de los miembros fuera mi propia hermana, que estudiaba en el mismo colegio. Mi madre, consciente del afortunado giro de los acontecimientos, dio las oportunas instrucciones a mi hermana, que debía votar por mi obra y convencer al resto del jurado.
Nada podía fallar, pero el día que el jurado se reunió para revisar los dibujos, mi hermana fue incapaz de encontrar el mío entre los centenares expuestos y así terminó todo. Aunque sólo era el principio de la historia.
El mismo colegio fue testigo del segundo episodio unos años más tarde. Se había convocado un concurso de carteles con motivo de la celebración de los carnavales. Se me ocurrió dibujar una gran mano cuyos dedos eran personajes ataviados con distintos disfraces: un pirata, un mago, una princesa...
Cuando me declararon ganador pensé que el destino me había compensado por aquel disgusto de la infancia. Como premio, me entregaron unos libros de la colección "El Barco de Vapor". Yo estaba tan contento.
El día siguiente, durante la clase de ciencias sociales, el profesor comenzó a hablar de mi cartel. Qué bonito detalle, pensé yo, que quiera comentar mi victoria con todos mis compañeros, quizás incluso me aplaudan. Pero lo que hizo mi profesor de sociales, al que recuerdo con gran simpatía, fue acusarme de plagio. Según él, existía un libro de texto de los cursos inferiores cuya portada era idéntica a mi cartel. Mi reacción fue la parálisis y el estupor. Era inocente, ni siquiera conocía el libro de la discordia, pero no fui capaz de articular una palabra en mi defensa, lo cual fue interpretado por mis compañeros como la confirmación de las acusaciones y comenzaron a mofarse alegremente.
Unos años después, cuando ya estaba en el instituto, se convocó un concurso de murales para decorar la pared que nos separaba del mundo exterior. El día señalado elegí un trozo de muro y comencé a pintar un enorme "NO" en caracteres metálicos. Los demás participantes eran amantes de la cultura hip-hop que estampaban sus retorcidas firmas en la pared con espráis de pintura y me miraban atónitos, mientras sentaba las bases de mi obra con líneas rectas y circunferencias, trazados con la ayuda de tizas y cuerdas.
El jurado revelaría su fallo durante las fiestas del instituto. Esa tarde instalaron un escenario en el patio y tocaron varias bandas de rock del barrio. En mitad de una actuación, el profesor que presidía el jurado me convocó detrás del escenario para hablar conmigo. Estábamos justo detrás de la batería, por lo que le escuchaba con gran dificultad, pero logré entender que no me podían declarar ganador porque se trataba de un concurso de grafitis y yo había elaborado mi mural con brocha gorda y botes de Titanlux. Recuerdo como algo mágico que justo en ese momento al batería, en pleno trance thrash metal, se le escapó una baqueta que pasó volando a nuestro lado.
Unos días después me enteré de que había pintado mi mural justo encima de un grafiti que llevaba varios años en aquella pared y que resultó ser obra de un grafitero furibundo. Pintar encima de un grafiti suponía una gran afrenta y ahora me estaba buscando por todo el barrio. Así son las cosas...
sábado, 23 de junio de 2018
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